El amor heterosexual para nosotros, no es un encuentro entre dos personas. Es una sala de experimentación para afianzar nuestro ego. Porque no hay un otro igual con quien relacionarnos. Sino alguien con quien y a través de quien podemos demostrarnos a nosotros mismos, cuán hombres somos. Las mujeres sirven para eso, por algo Dios las creó de nuestra costilla. La dominación sobre los animales ya estaba dada, necesitábamos algo más desafiante.
Por eso, la pregunta de si somos o no conscientes del daño que causamos a las personas que decimos amar, es totalmente retórica. Cada una de nuestras violencias tiene como fin reafirmar nuestra identidad de dueños y señores. No son reacciones, no son deslices involuntarios, no son actos de un hombre trastornado. Son el modo en que los hombres le demostramos a los demás miembros de nuestra cofradía de egos con falos, cuán grande la tenemos.
Tener una mujer, se vuelve así, parte indispensable de nuestro status de hombres. No porque la necesitemos, sino por la doble función que cumplen. Validar nuestra hombría ante nosotros mismos y ante los demás hombres. Esa es la respuesta a la pregunta que tantas mujeres se hacen. ¿Si parece que me odia, o porque si quiere estar con otras mujeres, por qué simplemente no me deja? Un hombre sin trofeo, no es digno de ser parte de la cofradía de egos con falos.
Un objeto que es usado puede gastarse, romperse o descartarse. Cuando un objeto tiene consciencia, puede pasar todo eso, pero también puede protestar, quejarse o irse. Eso es lo que hace que al “amor” sea tan adictivo para nosotros los hombres. Qué mejor prueba para nuestra hombría que hacer que el objeto que violentamos una y otra vez y de miles de maneras, no tenga la agencia necesaria para irse. El hombre que logra esto, es digno de ser llamado así, “hombre”.
Manipular, mentir, ignorar, fingir, golpear, matar, son solo distintas escalas de nuestra violencia calculada. La pregunta es siempre, ¿cuánto puede aguantar una mujer sin romperse o irse? Antes el juego era menos emocionante, porque en realidad no tenían ni el concepto de irse, ni lugar a donde ir. La “civilización” ha hecho que tengamos que mejorar nuestras estrategias de dominio y control. Ser es hombre es hoy en día un poco más complicado, pero más placentero.
Cuando una mujer decide irse. Muchas veces nuestro ego busca su manera más brutal de reafirmación. “Si no es mía, no será de nadie más”. Los feminicidios no son casos de hombres enloquecidos, son hombres totalmente conscientes del valor simbólico de sus actos. No puedes estar encima mío, que soy dueño y señor se dice para dentro. Y para afuera, el mensaje aleccionador. Esto es lo que les puede pasar si no recuerdan y respetan su lugar.
Si todo lo descrito quedara en el ámbito de lo individual, unos cuantos hombres, hablaríamos de patología psicológica. Pero lo que se describe aquí es el sistema que los hombres hemos creado y con el que sometemos y violentamos a las mujeres. Y sí, lo llamamos amor, tiene una portada bella, pero es una historia de terror cruenta y sanguinaria. Escrita con las lágrimas, el dolor y la muerte de millones de mujeres, solo para que como hombres, podamos alimentar nuestro frágil ego.
Los consultorios psicológicos, las redes sociales, los sistemas judiciales, los cementerios, están hoy repletos de mujeres víctimas de nuestro juego de machos. Ser parte de esta cofradía de egos con falo, llamada “hombres” debería darnos vergüenza. Mientras tomo consciencia de mis propias violencias hacia las mujeres. Mientras veo llorar delante mío a la mujer que acompaño en consultorio, destrozada por el hombre que decía amarla, me pregunto: ¿Algún día vamos a parar esta carnicería?