Desde el machismo, los hombres somos profundamente egoístas. Esto hace que cada uno de nosotros viva con una regla simple y muy clara: primero yo, segundo yo y tercero yo. Desde nuestra cofradía de peneportantes, hemos construido un mundo que funciona también según esta norma. Y nos encargamos de que cada uno de los nuestros la aprenda rápido como verdad sagrada. Lo más importante para un peneportante es solo otro peneportante.

Desde esa posición es que nos relacionamos con las mujeres y con el mundo. Solo importan nuestras necesidades y deseos. Antes era más fácil vivir desde esta regla. Pero hoy, por culpa de un grupo de mujeres mal folladas, es un poco más complicado. Pero como somos muy inteligentes y tenaces, hemos encontrado nuevos modos de hacer que todo se trate de nosotros. Desde lo micro hasta lo macro, todo sigue girando en torno a nuestros preciosos y adorados falos.

Si existe algún dios, este tiene que ser necesariamente peneportante. ¿O acaso un ser perfecto y todopoderoso tendría un coño que sangra cada mes? Todas las religiones más importantes e influyentes de la humanidad han sido falocéntricas. Siempre nos han colocado, con razón, por sobre las mujeres. Hay un mandato divino que nos vuelve el centro de todo. Si hasta el hijo de Dios fue peneportante. Cualquier mujer que ose cuestionar esto ya sabe lo que le espera.

En nuestras casas, todo se hace como nosotros decimos y cuando nosotros queremos. Medimos cada milímetro de lo que nuestra pareja hace, piensa, dice y siente. Gobernamos desde el miedo y la descalificación constantes. Puertas afuera, somos ese hombre amable y protector que todos aplauden. Puede que ya no golpeemos, solo porque pueden denunciarnos. Pero el terror que infundimos cala hasta el fondo de los huesos. Nadie que nos conozca de verdad osaría contradecirnos.

Nuestras parejas tienen que hacerse cargo de nosotros: desde que nos cortemos el pelo, vayamos al médico y hasta que nos tomemos la medicación. Ellas deben estar ahí para velar por nosotros. ¿Sumisión? Claro que no, un verdadero hombre jamás permitiría eso. Es esclavitud a la inversa. ¿Qué mejor que tener a alguien que se hace cargo de ti todo el tiempo? Lo mejor es que las esclavas se creen amas y hasta sienten cierto placer al ocupar esa posición de servidumbre.

Una mujer solo tiene valor en cuanto puede ser elegida o no por uno de nosotros. Esta elección la realizamos bajo una premisa básica que hemos llamado “amor”, que consiste en analizar si la mujer en cuestión nos es útil o no. Dependiendo de qué utilidad le podamos dar, una mujer tendrá menor o mayor valor. Hemos escrito cuentos, canciones, hecho películas para que ellas aprendan esto desde lo más hondo de su ser: “Yo solo tengo valor si un peneportante me elige”.

Hacer sentir a una mujer una basura es la estrategia más efectiva para que esta siempre nos orbite. Descalificar su físico, sus logros, su vida entera. Hasta hacerla sentir una basura tirada en el piso, que solo nosotros nos animamos a recoger. La potencia de esto es brutal. No solo obtenemos obediencia ciega, sino gratitud eterna. Cuando logramos que una mujer llegue a este punto, su vida solo tendrá sentido si sigue atada a nosotros, aunque sea un pobre perro que recibe sobras cada tanto.

Cofradía de peneportantes, con “c” de complicidad, de conexión y de corrupción. Cualquiera que sea miembro de esta cofradía sabe que otro peneportante siempre será cómplice y encubridor. “Simio no mata simio”. Esta impunidad granítica es la que sostiene todo este sistema. Lo sabe el hombre que acosa a su compañera de trabajo. El hombre que golpea a su esposa. El adolescente que desnuda a su compañera con IA. Nuestras palabras siempre valen más que sus denuncias.

No somos el centro de absolutamente nada. Hemos tenido que construir este sistema violento y cruel que nos coloca en el centro de todo, porque en el fondo no somos capaces de mirarnos con sinceridad al espejo. Somos tan pobres de humanidad que, para sentir que valemos algo, tenemos que destruir a otras personas, sobre todo a las mujeres. Nuestra hombría es tan frágil y cobarde que no somos capaces de mirar a una mujer de igual a igual.

Ahora, por favor, para un momento y piensa: ¿cómo sería vivir sin que tus deseos y tus necesidades tengan que ser siempre el centro de todo? ¿Cómo sería vivir sin tener que manipular, someter, aplastar a otros simplemente para sentir que vales algo? ¿Qué pasaría si un día te despiertas libre de poder, siendo simplemente tú, un ser humano más como los otros, dispuesto a aprender el arte de construir juntos y juntas una vida mejor para todos y todas? ¿Qué pasaría si hoy renunciaras a ser el centro de todo?

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