Desde el machismo, los hombres no podemos amar a las mujeres. ¿Cómo podríamos amar a alguien ontológicamente inferior a nosotros? Una mujer, para un hombre machista —todos los hombres somos machistas—, no es un “otro igual”, es un objeto cuya existencia solo se justifica en base a su función para satisfacer nuestras necesidades y deseos. Un objeto se obtiene, se usa, se desecha, pero nunca, bajo ningún aspecto, se ama.
Los grandes pensadores de la historia de la humanidad se han encargado, desde siempre, de dejar en claro esta inferioridad ontológica de las mujeres. “El macho es por naturaleza superior y la hembra inferior; uno gobierna y la otra es gobernada”, decía Aristóteles. Y Schopenhauer: “Las mujeres son el segundo sexo, inferior al masculino en todo respecto. Uno debe perdonar sus debilidades, pero rendirles homenaje es totalmente ridículo”.
Por la culpa de Eva, toda la humanidad fue condenada. Le dice Tertuliano a las mujeres: “Tú eres la puerta del demonio; eres la que deselló aquel árbol prohibido; eres la primera desertora de la ley divina”. San Buenaventura remarca: “La mujer es una ocasión de pecado. Su voz es el silbido de la serpiente”. Y San Jerónimo sentencia: “La mujer es la raíz de todos los males”. La maldad, el pecado, tienen rostro de mujer: es el relato religioso que confirma nuestra superioridad sobre ellas.
La tradición religiosa también establece claramente el lugar de la mujer en el mundo. San Bernardino de Siena dice: “El hombre es el sol y la mujer es la luna; ella solo brilla con la luz que recibe de él. Su lugar es estar bajo su sombra y servirle con humildad”. Lutero afirma: “Si las mujeres se cansan o incluso mueren de tanto parir, no importa. Que mueran pariendo, que para eso están”. Las mujeres solo tienen un lugar: bajo nuestros pies, para servirnos; es mandato divino.
El desprecio profundo hacia la mujer es la base sobre la cual los hombres construimos, desde el machismo, nuestra identidad de “hombres”. Porque ese desprecio es el que permite cosificarlas. No es casual que tantos “hombres prominentes” se hayan dado el tiempo de formular teóricamente esta inferioridad de las mujeres. Los hombres incorporamos socialmente esta misoginia desde niños, pero ya de jóvenes y adultos la elegimos por el poder que nos da sobre ellas.
Esta misoginia que elegimos es una de las bases a partir de las cuales violentamos a las mujeres. Está en el abuelo que abusa de su nieta de ocho años. En el hombre que golpea a su esposa. En el hombre que acosa en la calle a una adolescente que va al colegio. En el hombre que solo busca sexo casual pero promete una relación. En el jefe que pide favores sexuales para dar un ascenso. Ver a las mujeres como inferiores nos permite justificar nuestra crueldad.
En las redes sociales hoy vemos a hombres repitiendo estos mismos discursos. Algunos de una manera más brutal y otros adornados con tonos románticos, pero igual de cosificadores y violentos. Los hombres no estamos interesados en que hombres y mujeres seamos iguales. No nos conviene. Por ello, el rebrote virulento de discursos que buscan sostener esta misoginia estructural. Porque, ¿quién puede señalarnos por matar a una cucaracha?
La mujer, desde nuestra perspectiva machista, es un mal necesario. Es una mierda necesaria, pero mierda al fin. Es cómo elegimos definirlas y tratarlas. Quitarles todo vestigio de humanidad nos lo permite. Tenerlas como simples máquinas de reproducción, esclavas domésticas o sexuales. O aplastarlas como se hace con una cucaracha cuando ya no nos son útiles o se quieren rebelar, volviendo a la humanidad que les hemos robado desde siempre.
Los hombres tenemos que hacernos conscientes de nuestros privilegios y de nuestra crueldad con las mujeres. Es un deber ético denunciar este sistema violento y misógino con el que las oprimimos. En esto no hay posición tibia posible. O reconocemos y trabajamos la mierda que somos, a nivel personal y social, para parar esto, o somos parte de esta maquinaria sangrienta con la que hemos destrozado la vida de millones de mujeres a lo largo de la historia. ¿Tú seguirás diciendo que no eres así?
WOW. Que profundo. Gracias por golpearme con esa verdad en la cara. Pero mi duda es cómo podemos deconstruir estos patrones. Tengo 38 años y a pesar q visualizo y soy consciente de los privilegios que tengo como hombre. No hago mucho para q esto cambie. Creo q no sirve de mucho solo tener las ideas en la cabeza.